Friday, February 27, 2015

Soledad (cuento)



Olga L. Miranda


Soledad llevaba varios días sin salir de su apartamento. Era otro domingo de un marzo taciturno que avanzaba lento e intrascendente y ella trataba de adelantar en la lectura de su libro favorito del momento sin mucho éxito. No podía concentrarse en lo que leía, sus pensamientos la llevaban muy lejos. Recordaba, con tristeza, su ultimo viaje a la Isla cuando sus dos amigas de la adolescencia, sumidas en la pobreza, le hablaron de desilusión y depresiones temporales, ¿que podría hacer ella para ayudarlas? Mandarles dinero aliviaría, pero sus problemas eran mas hondos. Aunque, al menos, ellas estaban en su hábitat, dentro de su cultura, tenían su nicho de toda la vida, y eso era una ventaja. Ella, sin embargo, se consumía en la adaptación a un mundo extraño con el que no lograba conectar. No tenia muchos amigos y sus escasos parientes estaban lejos. “Ya no soy de aquí, ni de allá”, pensaba con amargura.

Soledad sintió que estaba deprimida, necesitaba salir, hablar con alguien, escuchar el ruido de la calle y de la gente. Ahora mismo deseaba estar caminado sobre hierba húmeda y respirando el olor a tierra mojada que dejan los aguaceros en las islas del trópico, o nadando en una de aquellas playas divinas de su maltrecho “caimán verde”. Soledad dió una ojeada a su alrededor con desgano y comprobó que su apartamento era un desorden total. Entonces se levantó de la silla, se dirigió hacia la ventana que había permanecido cerrada por semanas y la abrió de par en par con determinación. 

Inmediatamente, la habitación se inundó de suaves rayos de sol de tono anaranjado. “Es la hora dorada”, pensó Soledad. Y enseguida percibió con placer que esa luz la energizaba, cerró los ojos y disfrutó de esa agradable sensación por unos minutos. Miró de nuevo hacia la habitación y sus ojos se detuvieron en los cuadros que estaban sobre la pared justo frente a la ventana. Le pareció ver a las chicas de Modigliani riéndose  y al Arlequín de Picasso saltar del óleo haciendo piruetas. El cactus, casi marchito, se irguió agradecido. Las gatas saltaron del viejo sofá al ventanal enfilando sus hocicos húmedos en dirección a la brisa que comenzaba a colarse a rachas en la sala. Ahora el apartamento lucía menos ruinoso. Había libros esparcidos por doquier, tazas de té medio vacías sobre las mesitas, juguetes de las traviesas felinas regados por el suelo y unas flores desmayadas sobre el jarrón indio. Pero, el efecto de la luz del crepúsculo dotaba a la escena de un equilibrio apacible. Los objetos se agrupaban ahora en una visión que, de conjunto, transmitía una belleza inusitada. Soledad pensó: "Es la armonía del caos. Tal vez sea una buena señal."

En aquel momento Soledad recordó que hacía poco había chateado un par de veces con un muchacho, Sergio era su nombre. Este la había invitado a salir, pero ella no había aceptado porque era un extraño y eso le daba temor. Sin embargo, ahora decidió llamarlo y proponerle dar un paseo juntos. “No todos los internautas amistosos y desconocidos tienen que ser psicópatas. Tal vez el encuentro con este muchacho sea una experiencia positiva, el inicio de una buena amistad… ¿quién sabe?”. Soledad pensaba todo esto mientras tarareaba una vieja canción que gustaba mucho a su madre: “Todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar, pasar haciendo caminos, caminos sobre la mar…”



Mientras Soledad esperaba a Sergio a la entrada de un cine observó a varias parejas de enamorados que abandonaban el lugar abrazados y sintió celos de la felicidad que aparentaban. En esos devaneos andaba Soledad cuando apareció Sergio. Enseguida él la invitó a entrar al cine a ver una película. Ella le dijo que prefería caminar un rato. Soledad no deseaba estar en ningún lugar cerrado, ni tampoco propiciar mucha intimidad. Además, a ella le encantaba deambular por aquel lado de la ciudad con anchas aceras bordeadas por árboles frondosos que sombrean el paseo y parecían escoltar al caminante con noble gallardía. 

El diálogo con Sergio no era muy interesante, el entusiasmo de los primeros momentos empezó a languidecer a la media hora. Pero Soledad percibía que había algo atractivo en Sergio que no podía explicar. El parecía interesado en caer bien a toda costa y se afanaba por avivar la conversación interrogando a Soledad sobre gustos y disgustos. En un momento se detuvo y dijo:

—Estamos cerca de mi casa, tengo un buen vino y también algo de picar. Te invito a que me vengas y así podemos hablar mas cómodos, y además tomar un descanso, hemos dado una larga caminata. ¿Vienes?.

Soledad no pudo negarse, no encontró ninguna excusa plausible. Ya ella había comentado anteriormente que le gustaba el vino y que estaba un poco cansada. “Siempre soy tan extrovertida y digo lo que no me conviene”, pensó con cierta contrariedad. Sergio la había tomado por sorpresa. No le quedo más opción que aceptar  la invitación. No obstante, ella puso una condición. 

—Esta bien iré a tu casa. Pero no estaré mucho rato. Debo regresar temprano, dijo Soledad con actitud irrenunciable.

Ya dentro de la casa del muchacho Soledad se sintió relajada y le gustó el olor que había allí, era olor a hombre. El lugar era acogedor y se respiraba una atmósfera agradable, aunque había cierto desaliño y rudeza en el ambiente. Soledad experimentó una rara emoción de curiosidad y satisfacción a la vez, al percatarse de que se encontraba en el espacio privado de un hombre que vivía  solo. Ella se distrajo unos minutos mirando unas sables japoneses que decoraban una de las paredes de la sala. Sergio se dió cuenta y no perdió la oportunidad de intentar cautivarla contándole la historia de los sables. Soledad empezó a escucharlo con interés, pero de repente dejó de atender a lo que Sergio le estaba diciendo. Eran las manos de Sergio lo que en realidad empezaba a cautivarla. Observó que eran unas manos de hombre hermosas, varoniles, trabajadoras, de color cetrino como su cara. Los dedos eran fuertes y ágiles pero, sobre todo, diestros en acompañar las palabras. Definitivamente había una natural sensualidad e inteligencia en aquellas manos. Tal vez Sergio ni lo sospechaba, y ella claro no se lo iba a decir.   

Soledad ya no podía concentrarse en lo que Sergio le narraba con gran entusiasmo sobre los sables japoneses. A su mente solo acudían imágenes de las manos de Sergio acariciando su espalda o tocando su cara.  Ideas eróticas  comenzaron a agolparse unas tras otras en su mente; la manos de Sergio se hacían mas y mas  grandes e insoportables, ya la abarcaban toda, la dejaban sin aliento. Soledad sentía que todo se volvía borroso, no podía pensar con claridad. 

Soledad se repuso y trató de mantener cierta distancia de Sergio evitando cualquier contacto físico. Aprovechó un momento en que él fue a buscar la botella de vino a la cocina y se cambio del sofá, donde habían estado sentados antes, a la butaca. Presentía que no podría resistir mucho tiempo la proximidad de Sergio. Pero, esa voz interna que nos contradice cuando menos lo necesitamos murmuraba a Soledad: “no lo podrás evitar, ese encuentro será inevitable porque lo deseas.” Ella trataba de ignorar esa provocación de su otra conciencia y, seguir adelante con su plan de mantener todo bajo control. En realidad no sabia bien quién era este muchacho. Por lo tanto no debía dejarse llevar por sus instintos.

Sergio regresó a la sala y mostró sorpresa al ver a Soledad en la butaca, pero, sin hacer comentario alguno, sirvió vino en ambas copas con lentitud. Soledad captó al instante la expresión de molestia en la cara de Sergio. Entonces, ella buscó un nuevo tema de conversación para distraer la atención y evitar alguna pregunta incómoda. Mencionó que el vino estaba exquisito y preguntó donde había sido comprado. Sergio no desaprovechó la oportunidad de recuperar el terreno perdido, tomó la botella y, con el pretexto de mostrarle lo que decía en la etiqueta acerca de la procedencia y añejamiento del vino, se sentó en el brazo de la butaca, muy cerca de ella. Soledad sintió que la proximidad de las manos de Sergio  a su cara le empezaban a provocar vértigo…le entraron ganas de llorar, de gritar, de salir corriendo. 

Pero, era tarde, Soledad estaba atrapada en aquel extraño encuentro. Todo su ser entraría, a partir de ahora, en otra dimensión del espacio y del tiempo donde la razón no cuenta. 

Temblaba su mano cuando rozó la de él en un gesto accidental, sintió la piel ligeramente áspera allí donde la vida maltrata, pero tibia, firme, osada. Como por instinto, ella trató de rehuir la extraña sensación de agrado y complicidad con aquella mano viril y agitada; mas, los dedos fuertes y seguros de él secuestraron a los suyos, pálidos, fríos, confusos…Se inicio un juego desesperado de palmas que se funden con torpeza deseada. En un abrir y cerrar de sus ojos aquel turbión había crecido como ola en mar revuelto. La mano tibia y firme se hizo voraz; los dedos se tornaron guerreros dispuestos a ocupar más territorio y recorrieron con ternura y desorden esquinas olvidadas y senderos perdidos. Sus manos, ahora febriles, rogaron a las de él complacientes, regar sus flores, rebosar todas las fuentes, inundar todos los ríos. Su diestra, ya sin temblores ni dudas, rodó desbocada cuesta abajo prodigando placeres hasta en el alma....entonces, sin pensar, ella pidió, suplicó que la amara. Súbitamente, las manos de él se volvieron raras, se crisparon, se pusieron tensas y lejanas, y avanzaron lentamente al centro de sus dolores…se detuvieron un momento a comprobar que su corazón aún se desbordaba y acariciaron su cuello de venas inflamadas. Luego, siguieron indiferentes rumbo norte hasta aferrarse tenaces a su garganta. Aquellas manos viriles ahogaron su voz, cortaron de cuajo su respiración y sus ansias; finalmente… las manos de ella se rindieron, copiaron el rictus fatal de la boca, volvieron a ser pálidas y quedaron inertes sobre las de él… y todavía febriles y enamoradas…



Soledad alzó la vista hacia la ventana y notó que la línea del horizonte se hacía difusa, del crepúsculo solo quedaba un brevísimo haz de luz sobre la carátula del libro que había dejado sobre la mesa. La habitación regresaba poco a poco a las penumbras. Las chicas de Modigliani y el Arlequín de Picasso retornaban a su melancolía habitual. Las gatas dormitaban con mágico equilibrio sobre el estrecho respaldar del viejo sofá. A lo lejos, se escuchaba la melodía envolvente de un jazz cincuentero … era Billy Holliday que entonaba por tercera vez su desgarrador “Gloomy Sunday”. Soledad cerró la ventana con un golpe seco, pero todavía siguió escuchando una estrofa de la nostálgica balada: “My hours are slumberless dearest, the shadows I live with are numberless…



























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