Saturday, February 21, 2015

La Habana: una ciudad mítica hecha de mar



por Olga Miranda

En 1599, el rey de España Felipe II concede a la Habana el titulo de ciudad, y en 1665 fue aprobado por la reina Mariana de Austria su escudo representativo, en el centro del cual figuraba un llavín de oro que simbolizaba su carácter de “Llave del Nuevo Mundo”. Desde entonces, La Habana, la capital de la Isla mayor de las Antillas, ha sido un universo mítico signado por la belleza e inconstancia del mar, adonde han llegado toda clase de conquistadores y libertadores decididos a poseerla. Esta urbe, barroca, romántica, moderna, mestiza, hispana y americana ha sido imaginada, deseada, liberada y sometida infinitud de veces por diferentes actores de la historia a lo largo de cinco siglos. Fue conquistada primero por España, saqueada después por piratas, y hasta tomada por los ingleses en 1762.  Hoy, la Habana es todavía el mito de miles de cubanos que abandonaron su metrópoli hace muchas décadas y viven añorando regresar algún día a una ciudad que ya no existe.

La capital de Cuba, “la ciudad de las columnas”, -como la bautizo Alejo Carpentier- , es y será una ciudad soñada, codiciada y amada porque, ademas de su fascinante historia y de su riquísima cultura, es una urbe bellísima cuyo signo distintivo es el mar. El mar otorga a la Habana su color, su olor, sus sonidos y su sabor. Es una ciudad sobre un "caimán verde" que parece flotar sobre el majestuoso mar Caribe. Las aguas azules y cálidas de este mar, -que van desde el turquesa de sus playas hasta el mas negruzco en las bahías-, otorgan a la Habana la categoría de ciudad blanca-azul. El paisaje habanero, de tono blanquecino y soleado tiene, como marco natural, la espuma blanca de las olas que bañan la costas y el azul infinito del océano Atlántico. La brisa del mar, el sol del trópico, los vientos alisios y los huracanes perfuman a la ciudad con olor a salitre, a marina, y también traen nostálgicas pestilencias del puerto. En noches de mar revuelto toda la ciudad ruge, y por el día solo se escucha la gritería de vecinos que olvidaron el murmullo de los días de mar en calma. El sabor de la ciudad es la alegría y la hospitalidad de sus gentes que viven, sienten y, sobre todo, parecen bailar y cantar al ritmo del oleaje de sus playas, sin dejar de soñar con una Habana que tal vez si existe.
























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